Publicado en El Confidencial

Los compositores de ajedrez son sin duda los bardos o poetas de este arte–ciencia. Las composiciones (muy relacionadas con los finales de juego) tienen como objetivo ora la búsqueda del mate, ora las tablas técnicas (insuficiencia de material para ganar), ora el ahogado (incapacidad del bando al que le toca jugar de hacer una jugada reglamentaria), o en otras ocasiones, la ganancia de material.

A la larga lista de orfebres que han prestigiado este arte (sin olvidar los grandes compositores árabes de Mansubats), habría que añadir otros nombres estelares como Lucena, Stamma, Rinck, Kasparian, Cozio, Shinkman, Kling, Behting o los más conocidos por el aficionado como Troitzky, Kübbel, Rinck, o el malogrado Reti. Quedan muchos en el tintero y sería difícil precisar quién es mejor que otro. Lo cierto es que entre todos han construido fantasías inolvidables que han hecho las delicias de los aficionados.

Hoy viene a nuestras páginas ni más ni menos que el prolífico compositor de finales, Alexey Troitzky (1866 – 1942), cuyo talento ha dejado una impronta indeleble en la memoria colectiva del ajedrez. Su famosa obra y legado a la posteridad -200 finales brillantes– fue su herencia post mortem ya que la practica totalidad de su obra fue pasto de las llamas en el asedio a Leningrado por parte de la Wehrmacht en el apogeo de aquel Apocalipsis. Este talento sobrenatural murió en la más absoluta inanición en medio de aquella colosal locura colectiva.

La composición de Troitzky

Es sabido que los peones de torre son muy propensos a crear tablas. Por ello, hay que evitar que el rey negro se acerque a la casilla h8.

El objetivo es  crear un tándem o binomio de pieza y peón en la columna h que cubra las casillas h6 y h7 al objeto de impedir que le rey adversario se acerque a la salvación.



Solución:

1. Ae6! Re7! (1…Rf8  2.h6)

2. h6 Rf6
3. Af5! Rf7
4. Ah7 Rf6
5. Rg3 Rf7
6. Rg4 Rf6
7. Rh5! Rf7
8. Rxg51-0